jueves, 2 de junio de 2011

CUMBRES BORRASCOSAS

No soy una apasionada de los clásicos, género que si soy sincera, normalmente me aburre. Pero debo reconocer que me encontré con la obligación de tener que leer dos para clase de lengua (Los santos inocentes y El lazarillo) y para mi sorpresa, ambos me encantaron. Después, una madrugada que no podía dormir, cogí Cien años de soledad. Fue un buen método para quedarme dormida y clasificar el libro como "tan-peñazo-que-me-dormí". Años después, un día me vino a la cabeza la bella Remedios Buendía y su ascensión al cielo, y quise saber cómo terminaba eso. Hoy, Cien años de soledad está en la lista de mis libros favoritos.

De Cumbres borrascosas había oído hablar mil veces, pero no me interesaba lo más mínimo. Y una noche, saltando de una página a otra en Internet, llegué a un artículo en el que su autor decía que le fascinaba el hecho de que alguien que jamás tuvo una relación amorosa y que vivió prácticamente recluida hubiese sido capaz de escribir una historia de amor y pasiones como es Cumbres borrascosas. Así me puse a buscar información sobre Emily Brontë y al poco ya tenía el libro en las manos.

Cumbres borrascosas es una novela que trata de relaciones. Toda la obra está basada constantemente en las relaciones entre un grupo determinado de personas que no hacen sino mezclarse entre ellos. Comienza en 1801. Hindley y Catherine viven en Cumbres borrascosas, una gran mansión. Son los hijos de Earnshaw, un hombre adinerado que un día vuelve de viaje con una sorpresa: trae consigo un huérfano que ha encontrado en las calles de Liverpool. El chico, al que llaman Heathcliff se gana inmediatamente el afecto de Catherine y el odio de su hermano, el cual a la muerte de su padre, lo rebaja a la categoría de criado y le da un trato inhumano. 

Heathcliff y Catherine no solo mantienen su afecto sino que además están enamorados. Hasta que una noche se cruzan en sus vidas los hermanos Edgar e Isabella Linton, hijos de un rico matrimonio. Edgar se enamora de Catherine al tiempo que Hindley pierde a su esposa cuando da a luz a su único hijo, Heaton. Así es como una noche Catherine acepta la propuesta de matrimonio de Edgar, confesándole a Nelly (la criada y en gran parte narradora de la historia) que se casa con él por honor, por dinero, por supervivencia. Heathcliff, escondido en las sombras, escucha eso y sale huyendo bajo la tormenta para desaparecer, sin llegar a escuchar el final del relato de Catherine: que a pesar de todo, ella ama a Heathcliff.

Pasan tres años antes de que vuelvan a verse las caras. Heathcliff, que se marchó con lo puesto y un rencor que le comía por dentro; vuelve renovado: es un hombre rico, del que nada se sabe, y viene dispuesto a vengarse, a recuperar lo que es suyo y a hacer cualquier cosa por devolver todo el daño que se le hizo.

Así, en una telaraña se ven envueltos todos los que convivieron con Heathcliff y Catherine cuando eran niños, los que están ahora y su descendencia.

Amor, pasión, odio, ira, venganza, familia, dolor, humillación, supervivencia, capacidad, perdón, ingenuidad, rencor y humanidad es todo lo que forma Cumbres borrascosas. Lo que en un principio parece la clásica novela romantica queda totalmente lejos de ese concepto, que por algo se convirtió en un clásico inamovible primero en Inglaterra y después en todo el mundo. 

Me ha fascinado el talento de Emily, así como la verdad de lo que leí en aquel artículo: ¿cómo alguien que no ha experimentado algo puede hablar de ello con tanta claridad?

Como dije, después de leer la novela, busqué la película, y entre las versiones que hay, vi la que protagonizan Juliette Binoche y Ralph Finnes, del año 1992. Aunque se dejan muchísimas cosas en el tintero y posiblemente hoy se haría una versión mucho mejor, se nota que se centran casi totalmente en la historia de Cathy y Heathcliff, papel que ambos actores bordan. 

Y ahora, me espera (entre otros) Charlotte Brontë con Jane Eyre.


CUMBRES BORRASCOSAS
-Emily Brontë-
Editorial DeBolsillo
PVP. 8,95€


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Whoever you are, now I place my hand upon you, that you be my poem...

(Walt Whitman, 1855)